Espacio virtual dedicado preferentemente a dejar constancia de mi existencia en la red. Alguien con un alma más sensible quizá diría que es un grito a la humanidad desde mi teclado -gracias a Dios yo no soy tan cursi-. De lo que tratará imagino que lo iremos descubriendo todos con el tiempo.
Muy a pesar nuestro, y aunque nos neguemos a percibirlas, creo firmemente que existen, en este mundo, fuerzas que influyen en el destino de los hombres, más allá de su propia voluntad. No me refiero, aunque bien pueden tomarse como ejemplo, a las fuerzas naturales. El hombre, como ser destinado a estar por encima de toda la creación, piensa que puede doblegarlas… y no lo haríamos si no pudieramos. Sin embargo, estas fuerzas, a menudo domesticadas, a veces se encabritan y se vuelven contra su dominador, abajándole a su condición de mera criatura, al nivel de las cucarachas.
Existen otras fuerzas, de origen más desconocido, más subliminales, menos perceptibles, de naturaleza no mesurable, pero infinitamente más poderosas que aquéllas que hemos denominado naturales. Unas fuerzas que también quieren influir en la vida de los hombres, a menudo con fines poco claros para nosotros, y casi siempre con dedos invisibles. No a la manera en que es invisible el viento, pues éste se percibe, se siente, mediante otro sentido distinto a la vista; más al contrario, éstas no se sienten mediante los sentidos físicos. No son por ello algo extraordinario: en la naturaleza existen infinidad de elementos imperceptibles por los sentidos. No son fuerzas fuera de lo común, por tanto, a causa de esta característica; lo son porque, como ya hemos comentado, no existen ni existirán instrumentos para medirlas, ni para doblegarlas. El método científico no funciona con ellas.
El hombre, habitualmente, no percibe estas fuerzas. Ni siquiera cree que existan en realidad. El hombre religioso está más o menos predispuesto a aceptarlas, pero creer en ellas supone una auténtica prueba de fe que, habitualmente, el hombre religioso común no se ve capaz de enfrentar. Al que lo hace, le cambia su vida. Adquiere una visión nueva. Una nueva explicación para los acontecimientos. No ya de la Historia, sino, muy especialmente, de su historia que en definitiva es lo que mejor conoce, porque, a diferencia de la otra, no te la cuentan; la vives. La casualidad entonces se diluye; aún permaneciendo perfectamente válida, ahora ya no es fruto del azar.
Cuando das el salto de fe, volver a lo de antes, es prácticamente imposible. Es como intentar regresar al punto de partida exacto, tras andar un día perdido en una ventisca. Difícilmente volverás a ese punto, y donde acabes podría no ser de tu agrado. ¿Cómo he llegado a esto? Es una gran pregunta que mucha gente se acaba por hacer. La respuesta es sencilla, escogiendo mal. Ignorando la verdad.
Imagino, aunque es difícil de probar, que, de igual manera que un maremoto se ve mejor si estás momentos antes presente en la costa que es arrasada, estas fuerzas se sienten mejor cuando estás cerca de la puerta de salida, con más insistencia y preponderancia. Con mayor intensidad. Hasta casi dejarte, si has vivido de espaldas a ellas, paralizado de auténtico miedo. Pero, hasta entonces, una de esas fuerzas tirará de ti en un sentido, mientras la otra lo hará en el otro. O bien golpeará en sentidos opuestos. O bien una te ofrecerá unas oportunidades y la otra, otras muy distintas. No creo que intenten pasar desapercibidas; creo, aunque no tengo pruebas, que les da igual; tiran, no obstante, sabiendo que su percepción es extrasensorial, no física, y por tanto bastante difícil.
La tesis que expongo podría parecer un salto sin paracaídas desde la cima del Empire State: una mera locura. Pero la gente a veces se ve empujada a cometer estas locuras, dar estos saltos por más que conozcas el final. De igual forma, sostengo que si eres mínimamente sensible te acabarás por plantear que esas casualidades se amontonan en demasía. Tanto en un sentido como, asombrosamente, en el otro. Te verás empujado a esta locura. Tendrás que escoger: saltar, o quedarte hasta que tu alrededor arda.
El hombre está fuera de su propio control y totalmente a merced de lo que decidan las fuerzas sobrenaturales, sin embargo, resulta más cómodo y proporciona una mayor sensación de seguridad creer que la vida, nuestra vida, depende nosotros. Como habitualmente creemos a gran escala sobre la naturaleza: que podemos dominar su poder. Y, lo paradójico de esto, es que sí que podemos. Domesticar la naturaleza y dirigir nuestra vida. Un poder que ninguna otra criatura que conozcamos posee.
No obstante, este poder puede cegarnos si cometemos el error de asumir que nuestra vida depende de nosotros en exclusividad. No somos tontos, desde luego. Sabemos que no siempre podemos tener dominado la fuerza natural. Por ello asumimos que existe la influencia, en el resultado final, de las voluntades de otros hombres, o nos sabemos a merced de fuerzas naturales incontroladas contra las que poco podemos. Desde huracanes a enfermedades genéticas. Pese a todo, creemos que podemos luchar contra ellas. Creemos que, si lo intentamos con tesón, seriedad e inteligencia, podríamos lograr que el resultado final dependa realmente de nosotros. Queremos creer que nosotros hacemos nuestro camino, construimos nuestra vida.
A la vez que estamos plenamente en lo cierto, estamos absolutamente equivocados.
Buena parte del resultado, en cierto sentido, depende de nosotros. Sin embargo, tan sólo la parte de la nota final que se ponga a nuestras decisiones, bajo un código de evaluación preestablecido, depende en realidad del hombre. Todo lo demás, lo que consiga o no consiga, no es importante ni cuenta en el fondo. No depende de nosotros, en realidad. Ni el dinero, ni los descubrimientos, ni el poder… Al final, no importan. Qué decidimos en cada momento, eso cuenta. El resultado de esas decisiones, puede ser perfectamente predecible o escapar totalmente a nuestro control.
Somos plenamente conscientes de que la partida podría terminar en cualquier instante, y la mayoría disponemos o hemos dispuesto de un tiempo de juego. Pero en este juego, al que jugamos queramos o no, las reglas no las hemos puesto nosotros. Aunque nos empeñemos en cambiarlas, son las que son y dependen de un arbitraje superior. Las fuerzas sobrenaturales están ahí para influir, en un sentido y en el otro. Y esas fuerzas podrían manifestarse, -ya lo hicieron- de manera mucho más palpable.
Vivir de espaldas a ellas es la mayor tontería que hizo, hace y hará, el Hombre.
"Leí no hace mucho que lo más importante es lo que cada uno pensemos de Dios. ¡No, por Dios! Es infinitamente más importante lo que Dios piense de cada uno de nosotros."
"Dios no quiere nuestro tiempo i nuestra atención -nmi siquiera todo nuestro tiempo o atención-. Nos quiere a nosotros."
"Si hacéis un contrato con Dios sobre cuánto debéis servirle, descubriréis que lo habéis firmado ambos vos mismo."
¿Qué le importa a un hombre que muere en el desierto la elección de la ruta que lo alejó de la única correcta?"
"El hambre no prueba que he de tener pan, pero sí que pertenezco a un mundo en el que existen sustancias capaz de saciarla. De igual modo, aunque el deseo de alcanzar el Paraíso no pruebe que disfrutaré de él, es una indicación bastante buena de su existencia."
"El objetivo del educador moderno no es el talar los árboles, sino el de irrigar desiertos."
"Extirpamos el órgano y exigimos su función... Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores."
"la rebelión de las nuevas ideologías contra el Tao -considerado como Valor Absoluto- es la rebelión de las ramas contra el árbol."
"La mente humana no tiene más poder para inventar un nuevo valor que para inventar un nuevo color primario".
"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les plazca."
La sangre se espesa, pierde fluidez. Esto provoca que su circulación a través de venas y arterias se dificulte. No se detiene; detenerse sería más como un trombo: mucho más rápido y repentino. Sigue tirando, pero no alegremente, sino cansada, como uno de esos pordioseros alcohólicos que se arrastran lentamente por un callejón mal iluminado. Te cuesta pensar con claridad; tu capacidad de atención disminuye. Tu vida no tiene porqué cambiar, pero ahora te cansa estar más de una hora seguida tomando una cerveza con los amigos de siempre. A veces se te agota la energía. No como antes. Ahora es más drástico, mucho más urgente y, desde luego, más evidente. Te recuerda que estás enfermo, que eres un enfermo. Y es ese recuerdo, persistente, lo que corroe tu moral. La gente vive, no se preocupa de problemas no cotidianos. No, al menos, habitualmente. Buscar trabajo, que tu pareja te ponga los cuernos, que no llegues a recoger a tus hijos. Son los dramas diarios. La gente no se preocupa por meditar demasiado en el fin. Para qué. Los humanos somos tipos prácticos, tendemos a no pensar en temas que no son urgentes o que no podemos cambiar. Lo mejor que podemos hacer es asumirlos, aceptar que están ahí, y desear que nos llegue cuanto más tarde mejor. Con un movimiento de cabeza, volvemos a dedicar nuestros pensamientos a los temas vitales. Qué vas a hacer este fin de semana, qué nuevo móvil vas a comprarte, qué solución puedes aportar al problema del departamento de ventas.
¿Me estás escuchando?
Pero no, la verdad es que no le estoy escuchando. Para qué. Me siento fatigado. El humo me ciega y el sonido, tan elevado, me marea. Quiero irme de allí. Y ya no recuerdo la última vez que estuve en un garito, tomando copas, y me lo pasé bien. La gente que me rodea no lo saben, pero están muriendo. Todos, en este mismo instante. Es sólo que yo soy consciente de una forma mucho más permanente.
Hoy he olvidado tomar la pastilla. Ahora vivo enganchado a ellas, pronto tendré que vivir enganchado a una jeringa. Siempre me consuelo pensando que es mejor que estarlo a una bombona de oxígeno o a una silla de ruedas. Pero así estoy. Siempre que salgo, meto una cápsula en un botecito de plástico, de los que guardan las tiras. Hoy lo he olvidado. Me estoy ahogando y quiero salir al aire libre. Fuera hace mucho frío, pero últimamente me gusta el frío. Contrae mis músculos y refresca mis pulmones. Disfruto proporcionándome grandes bocanadas de aire gélido; rellenando mis alvéolos, y exhalándolo recalentado. Tengo el botecito en el bolsillo. Lo toco con la mano, jugueteo con él. Un bote vacío, eso es todo. Cada vez que lo abro no puedo evitar pensar en los viejos que van a balnearios con pastillero. Supongo que la vida va moldeando tus preferencias. Un joven de treinta años no debe estar demasiado preocupado; sin imprevistos, puede asumir que aún le queda tiempo. Un viejo de ochenta debería estar bastante alarmado: cada nuevo día que pasa entre nosotros puede ser considerado como un extra. Es como estar en la prórroga, o como una canción adicional en un concierto. Lo irónico es que ellos se toman las cosas con mucha más calma que nosotros. Y lo lamentable es que nosotros haremos lo mismo a su edad.
Vamos a otro sitio.
No es una pregunta, es una orden. No espero a que me den la conformidad. Agarro el abrigo y enfilo el camino a la puerta, mientras aparto a la gente, o me deslizo entre ellos. Ahora es fácil. Desde que esto empezó he perdido casi veinte kilos. Antes, quizá, estaba algo pasado de peso, pero ahora estoy, quizá, demasiado esquelético. Nunca me han gustado las personas esqueléticas. Me provocan repulsión. Antes me preocupaba por mi imagen. Trataba siempre de adelgazar, o, al menos, de no engordar más. Durante algunos meses tomaba batidos de chocolate de dieta a la hora de la cena. Me ayudaban a mantenerme al menos, pero no lograba adelgazar. Ahora no logro engordar. La diferencia es que actualmente mi imagen me es irrelevante.
Bajamos por Alfileritos.
¿Qué te ocurre?
Sé que no es la primera vez que me lo ha preguntado. Aunque es la primera vez que le oigo. Temo decírselo. Porque temo lo que me dirá. Los viejos tópicos ya no me ayudan. Y supongo que eso lo incomodará y hará que la próxima vez se lo piense antes de quedar conmigo. No me pasa nada, pero creo que estoy algo cansado. Si no te importa prefiero irme a casa. Es una excusa estándar. Ahora puedo usarla cada vez que no quiero hacer algo. Antes no hubiera servido de nada. El cansancio es de débiles. O de enfermos. A los primeros no se les perdona, a los segundo se les disculpa. La debilidad se rechaza, la enfermedad se compadece. A veces es fácil confundir ambas. A veces un tipo débil es un tipo enfermo sin saberlo. De todas formas, él comenta que quiere quedarse, que aún es temprano. Nos despedimos. Con su edad y aún sigue saliendo para ver si le cae algo. La escasa fluidez de la sangre en circulación también dificulta tus erecciones. Gracias a Dios, hoy en día han inventado medicamentos que pueden ayudarte en esto. Otra pastilla. Una píldora para un momento de placer. Por ser de la novena potencia económica del mundo, no debo preocuparme: el acceso a ellas lo tengo garantizado. Cuando las necesite. Pero, ¿realmente son inocuas? Te aseguran que sí, pero en los prospectos te suelen indicar una ristra de efectos secundarios, algunos realmente desagradables. Algo que te produce mareos, vómitos, jaquecas o epistaxis, ¿es realmente inocuo? No lo es. Pero estamos resolviendo un problema, estamos consiguiendo que tu vida, ahora, sea una vida lo más parecida a la de la gente normal. Después de todo, tu vida no tiene porqué cambiar. Si en el futuro los efectos son muy perniciosos, es algo que no nos preocupa. Pero, ¿y si tengo hijos malformados? Como con el DES. Dietiletilbestrol. Un estrógeno usado en embarazadas para disminuir el riesgo de aborto. Al cabo de los años se demostró que causaba graves perjuicios en las hijas de esas mujeres. Lo malo es que se lo causó en la pubertad. Mala suerte. ¿Y qué pasa si mezclas dos pastillas? ¿Y si tengo esto porque durante toda mi vida me he atiborrado de medicamentos?
A veces, si no te cuidas, te amputan una pierda, o las dos. Los pies son muy importantes. Debes extremar su vigilancia. Será porque se hallan en la zona más periférica. Allí los problemas de circulación se notan antes. He salido del casco. Podría subir a un taxi, pero me apetece andar. Aunque el zapato del pie izquierdo me roza en el dedo chico haciendo que me den punzadas de dolor con cada paso. Debo recordar observarlo. A lo mejor tendría que ir a un podólogo. A lo mejor me tengo que amputar el dedo meñique. Entonces no sé si podría correr. Supongo que sí. Un dedo no es mucho.
Todo empieza por los anticuerpos. Los anticuerpos son, de forma habitual, buenos chicos. Y, en cualquier caso, están programados, carecen de capacidad de elección. Hacen lo que hacen porque se han diseñado para hacerlo. Generalmente se producen para que se unan a proteínas bacterianas o víricas, fastidiándoles la juerga. Las células productoras poseen lo que se llama memoria humoral o inmunológica. Se producen por líneas celulares, cada una de ellas destinadas a fabricar un tipo concreto de anticuerpo. Esta memoria es variable. Por algún motivo que desconozco, puede durar meses, años o toda la vida. No hay ninguna razón para que este sistema de defensa funcione erróneamente. Uno podría pensar que lo peor que puede pasarte es que se dejen de producir anticuerpos. Es lo que le pasa a los inmunodeprimidos. Y sin embargo, todo en la vida puede estropearse por defecto o por exceso. En este caso, es un exceso de celo. Los anticuerpos, o algunos de ellos, deciden tomarla contra estructuras orgánicas propias. Es como si un batallón de soldados comenzara a disparar a sus propios zapadores sin ningún motivo aparente. Tus propios chicos están trabajando en tu contra. Produces lo que te mata. ¿Y cómo puedes luchar contra esto? En cierta medida, es como un cáncer, pero de tipo humoral.
Ha empezado a llover. Es una lluvia fina, casi tímida. Que se hace más incómoda con el viento. A la altura del parque de las Tres Culturas, me detengo en una marquesina y me siento un rato en el banco. Mi abrigo no me protege bien del agua. Poco a poco se ha ido infiltrando, hasta mojarme la camisa. Ahora empiezo a tiritar. No sé si porque realmente tengo frío, o porque con las grasas perdidas se ha ido buena parte del aguante. En el canalillo hecho entre el asfalto y la acera, se ha formado un reguero. El agua es reconducida hasta un sumidero. No ha llovido lo suficiente para taponarlo y el agua desaparece por su oscura boca, que traga con glotona voracidad. Nosotros también perdemos muchos líquidos. Glucosuria. Las nefronas renales necesitan más agua para poder filtrar el exceso de glucosa. Lo que hace que orines más, y, claro, también te notas sediento con mayor frecuencia. A la larga puedes fastidiarte los riñones. A la larga, sí. Las diálisis no son precisamente tratamientos agradables.
Un coche baja a gran velocidad. A mitad de la avenida frena bruscamente, justo antes de llegar al paso de peatones elevado. El suelo está pintado en azul y surcado de gruesos trazos blancos rectangulares. Además, varios metros antes, una señal indica el resalto. Ignoro si el conductor va borracho o es simplemente estúpido, pero su coche salta, y luego golpea con los bajos el asfalto elevado, produciendo un chirriante sonido. No me alegro, como otras veces podría haber hecho. El coche pasa zumbando, rompiendo obscenamente los acompasados sonidos nocturnos. La calma oscura, rota antes sólo por el murmullo del agua, regresa con cada segundo. El incómodo ruido de su motor es el último signo de su existencia que llega a mis oídos.
Ahora llueve mucho más fuerte. No queda mucho para llegar, pero algo me retiene en la marquesina. Aunque el agua no cae directamente sobre mí, la humedad que arrastra el viento es suficiente para empaparme. Y ahora el frío es mucho más intenso. Quizá porque la inactividad hace que mi caldera interior baje unos pocos grados su temperatura. El tiempo es algo singular. Mejor dicho, es la impresión de él lo que resulta extraño y cambiante. Unas veces avanza con angustiosa rapidez, empujándonos, como a saltos, como si fueramos de un punto temporal al siguiente, localizado dos o tres horas después, sin apenas percatarnos de lo que ha sucedido en medio. Como si no hubiéramos vivido realmente ese tiempo. Otras veces ocurre al contrario y parece detenerse en seco. Todo el mundo se para. Los segundos transcurren perezosamente, casi como si les costara pasar. Los minutos se alargan sin que ocurra nada importante en su franja. Las horas se transforman casi en conceptos inmarcesibles. Es en este último caso cuando somos más conscientes de nuestra existencia. Nos atemorizan esos momentos. Como cuando te despiertas en mitad de la noche, absurdamente despejado, y eres incapaz de volver a dormir.
En aquel momento, en la marquesina, el tiempo parece ir deteniéndose. A lo lejos se escucha otro coche. También viene a toda velocidad. Observo la avenida pero está absolutamente vacía. Entonces lo veo. Dos luces amarillentas acercándose a toda velocidad. Con la rapidez que avanza no creo que le dé tiempo a frenar a tiempo para acometer el resalto. ¿Por qué la gente no será más consciente del riesgo? Si me preguntaras ahora mismo, diría que Dios me ha dejado una huella indeleble de mi mortalidad. Quiero decir que, aunque es posible que dure muchos años, ya nada será como antes. Ahora sé físicamente que voy a morir, que estoy muriendo. Y aunque más o menos puedo llevar una vida normal, o entendida como normal, sé que lo mejor de ella ha pasado ya.
Supongo que el momento de dejar de preocuparme ha llegado. El automóvil es conducido por una chica. Al golpear en el resalto, varios metros antes de la marquesina, pierde el control. Las ruedas se tuercen bruscamente y ella no tiene fuerzas para mantener firme el volante. Puedo ver que es una chica joven y guapa. Puedo ver el miedo en sus ojos rojos por el humo de los bares, o quizá por el cansancio que provoca llevar lentillas. Puedo ver cómo, con un estrépito, el coche se voltea sobre un costado, para luego salir despedido en mi dirección. Observo la rueda anterior izquierda, girando a gran velocidad en el aire. Mientras rueda en el aire, el vehículo arranca brutalmente la marquesina donde estoy sentado.
Todavía hay gente, desconsiderada, retrógrada, facha y cavernaria, que se atreve a decir que el Ministeria de Igualdad, dirigido magistralmente por la “Bella de Cádiz”, solo vale para dar titulares, poner una cara bonita en el Gobierno y soliviantar, incomprensiblemente, con frases indiscutiblemente para la historia, como la de que los fetos son seres vivos, pero no seres humanos.
Nuestro augusto presidente sabía lo que se hacía -¿no lo sabe siempre?- cuando creó este Ministeria de la nada y puso al frente a una joven de apenas 30 años, con quizá no demasiada experiencia, eso es cierto, pero con unas ganas tremendas de elevar el concepto de Igualdad de la Mujer a niveles desconocidos por el hombre. Porque, seamos serios, en este país veníamos necesitando eso de la discriminación positiva a palazos.
Para los que aún no estéis familiarizados con el concepto, explicaré que es una idea de la socialdemocracia consistente en igualar los desequilibrios sociales mediante la inclusión de nuevos desequilibrios de signo contrario.
Fantástico, oye. No sé cómo no lo hemos pensado antes.
Si en Estados Unidos no fueran tan gilipollas, prepotentes e imperialistas, podrían aplicarlo en los estados sureños. Los negros de aquellos parajes esclavizarían a los blancos de Carolina, Texas, Alabama o Kentucky.
Si alguno se siente tentado a argumentar que los negros sureños de ahora no han padecido esclavitud, o que los blancos sureños de la actualidad no mantienen esclavos, le diré que lo importante es que los negros de ahora disfruten de prerrogativas por los abusos cometidos contra los negros de antaño. Así es como se igualan las desigualdades. Así, al menos, lo entiende el Ministeria de Igualdad y el Gobierno. Y no se me ocurre una forma mejor.
Ahora, los bocazas de siempre, se dedican a atacar a nuestro intrépido adalid presidencial demandándole que, dada la situación económica en la que nos hemos metido, -eso sí, por culpa de la crisis financiera internacional, por las multinacionales yanquis, por los desmanes de la oposición o por purita mala suerte- agarre las tijeras y comience a hacer recortes. Por ejemplo, suprimiendo Ministerios. Y proponen primero el de Igualdad para la quema.
¡Ala, a lo fácil! ¿Es que no se dan cuenta de la utilidad social tan fun-da-men-tal que proporciona a nuestro país este Ministeria? ¿Es que no ven la labor inigualable que hace la ministra Aido?
Pues para muestra, un botón. Ayer mismo apareció una Resolución del Ito. de la Mujer, dependiente del Ministerio de Igualdad, en el BOE, por la que se publican subvenciones concedidas destinadas a la realización de investigaciones relacionadas con estudios feministas, de las mujeres y del género, para el año 2009, con un montante total de 845 803 eurillos de nada.
Está muy clarito que nuestra ministra del ramo de igualdad ha ido, no sabemos muy bien a dónde, pero ha vuelto con la cabeza en su sitio.
Así es, amigos, un día antes de la aparición sideral parlamentaria –aún sin Obama, ese falso traidor- en el Congreso, en donde nuestro líder, una vez más -¿y van ya?- ha puesto en cintura a Rajoy con argumentos como el de que levantar esto es responsabilidad de todos, o el de que no piensa dar marcha atrás en su gasto social ni en las subidas de impuestos, o el de que va perseguir más finamente a los tramposos fiscales, que en este país de taimados son muchos, y, sobre todo, el de que vamos a empezar a crear empleo a finales de 2010, aparece esta Resolución para apoyar las tesis de nuestro bienamado líder.
Aunque os adjunto el documento, que tiene mucha enjundia, me permito subrayaros dos investigaciones sobre estudios feministas subvencionados con el dinero de todo el mundo, que, por su interés, se iban haciendo necesarios.
La entrada 50, que concede a Aurelia Martín Casares, de la Universidad de Granada, 22.767 euros para que investigue sobre las “Reparaciones europeas contemporáneas y memoria de la esclavitud: esclavas negro-africanas y españolas abolicionistas. (Siglos XVI al XIX)”.
Y la entrada 116, por la que se concede a Nieves Martín Alguacil, de la Complutense, un total de 26.597 euros para que durante tres añitos se dedique a investigar y elaborar un mapa de inervación y excitación sexual en clítoris y labios menores; con aplicación, eso sí, en genitoplastia.
Convendréis conmigo en que ambas investigaciones irradian el tufillo de lo imprescindible y fundamental para el desarrollo de nuestra civilización.
El conocimiento sobre las esclavas negro-africanas resulta clave para que las reparaciones europeas tenga algún sentido. ¿Cómo vamos, los europeos, a reparar nada si no buceamos en la memoria de la esclavitud, buscando esclavas negro-africanas y a españolas abolicionistas? ¿Acaso sabría alguno de los que me leéis citarme el nombre de una sola española abolicionista de los siglos que van del XVI al XIX? Pues alguna debe de haber, mira tú.
Y en cuanto a la segunda investigación, ¿qué se puede decir? El hecho de saber que van a elaborar un mapa de la innervación y excitación sexual en clítoris y labios menores a mí, por lo menos, me deja mucho más tranquilo. Ya veo a propios y a extraños con el mapita a buen recaudo en el cajón de la mesilla. Por lo que pueda pasar. Llevamos demasiado tiempo haciendo ciertas cosas sin ningún tipo de orientación ni guía, y así nos va. Es más, creo que voy a proponer que, una vez que hagan el mapa, lo cuelguen en todas las estaciones del metro de Madrid, para su difusión. Ya estoy viéndolo, a un lado el plano del metro, y al otro, el mapa de las inervaciones en clítoris y labios menores. Además, del mapa al GPS no hay más que un paso. Con el tiempo, si dejan hacer a nuestra Bibiana, muchas mujeres, en el momento de refocilarse, nos sorprenderan sacando un navegador GPS con Tomtom incluido. Ya puedo escuchar a la sugerente voz decirnos: "en el siguiente pliegue, gire a la derecha".
De verdad que no me explico cómo hemos llegado hasta aquí sin ese mapa. Y pensar que exista gente pretendiendo que supriman ese Ministeria…